La demanda nunca fue el problema. Capturarla, sí.
El fundador ya había hecho la parte difícil: construir confianza real con una gran audiencia en Perú y el resto de Latinoamérica, para un servicio premium donde cada caso vale miles de euros. Pero la operación detrás de la audiencia era la de la mayoría de despachos boutique:
- Cada consulta respondida a mano en un teléfono personal — las mismas preguntas sobre requisitos, precios y plazos decenas de veces por semana
- Un salto horario brutal: la audiencia está más activa cuando Lima cena y Madrid duerme. Los mensajes de las 2 de la madrugada española esperaban horas — y se enfriaban
- Sin calificación: nacionalidades que el servicio legalmente no puede atender hacían cola junto a clientes perfectos
- Sin CRM y sin atribución: nadie podía decir qué vídeo, anuncio o publicación produjo cada consulta
- Sin web capaz de convertir tráfico de pago — hacer publicidad habría sido mandar clics a un enlace de bio
El servicio en sí es complejo y regulado: dos vías legales distintas, precios por hitos, un requisito económico duro que frena a la mayoría y reglas estrictas sobre qué nacionalidades califican. Explicarlo bien, chat a chat, no escala.